Cenicienta tenía que haber regresado a casa antes de las doce ya que de lo contrario el carruaje retornaría a calabaza, los corceles a ratones y su flamante vestido a los mismos harapos que vestía cuando el hada conjuró su hechizo y le regaló unas horas de fantasía; un espejismo, un sueño.
Cenicienta no regresó a tiempo, violó el compromiso adquirido. Se negó a aceptar la realidad y pretendió continuar en la fiesta del castillo como si realmente formara parte de la corte real. Pero Cenicienta no sólo regresó a su anterior condición – sin carruaje, sin caballos, sin ajuar – si no que encima se encontró a muchos kilometros de casa y sin los medios necesarios para regresar.
Eso es lo que le termina ocurriendo a quien imprudentemente vive por encima de sus posibilidades, sin guardar para cuando lleguen las vacas flacas y desatendiendo las nubes negras que sin excepción son siempre previas al torrencial aguacero.
Así nos ha cogido la crisis. A inmigrantes y autóctonos. A tirios y troyanos. A galgos y podencos. Nos hartamos de ladrillos para el desayuno y nos olvidamos que también había que cenar.
Los acontecimientos de Vic podían haber sucedido en cualquier otro lugar de España, sólo era cuestión de tiempo y de que unos políticos vieran amenazada su posición de poder para que recurrieran al indecente y tristemente usual recurso de buscar la cabeza de turco más cercana – los inmigrantes en situación irregular en este caso – para entregarla en ofrenda a unos cabreados ciudadanos hartos de tanta ineficiencia, dispendio e ineptitud en el manejo de la cosa pública.
No es cierto que los extranjeros “sin papeles” sean una especie de parásitos que viven de los fondos públicos. No responde a la realidad que esas personas no aportan nada a la economía local. ¿O es que ese dieciocho por ciento de actividad mencionada por el propio ministro de trabajo y realizada bajo cuerda, en negro y desempeñada en su amplia mayoría por “sin papeles” no genera una riqueza y unos dineros que alguien termina embolsillándose?
Ni la barra libre ni la ley seca fueron nunca solución para el alcoholismo. Basta con un mínimo de sentido común para comprender la inviabilidad de un país con sus fronteras abiertas de par en par y donde pueda radicarse todo el que así lo desee sin ningún tipo de requisito ni exigencia. También comete un pecado capital quien desde tribunas públicas privilegiadas establece el simplón – y muy injusto – paralelismo entre inmigración irregular, delincuencia y abuso de los servicios público-asistenciales. A grandes males grandes remedios y urge en España un pacto de estado y un plan estratégico respecto a la inmigración que recoja los puntos de vista y apreciaciones de todos los involucrados. Gobiernos locales, regionales, sindicatos, empresarios, asociaciones de vecinos, gremios profesionales, entidades del tercer sector, trabajadores sociales y los propios inmigrantes a través de las asociaciones y colectivos que les agrupan. Recién se ha modificado la Ley de Extranjería y lo ha sido de forma irresponsable, sin considerar las opiniones de un amplísimo y calificado grupo de personas que advirtieron de la inutilidad – por superflua y cortoplacista – de la reforma. Y eso hay que enmendarlo pero ya. Para ayer es tarde.
Cenicienta tendrá que volver a casa, no le queda otra. Lo malo es que le tocará recorrer a pie, de noche y sin linterna ese camino de vuelta.
Ojalá y logre esquivar al lobo. Aunque eso es de otro cuento.
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